Acababa de trabajar y me apetecía bajar un rato para descargar adrenalina, así que me acerqué al gimnasio de la esquina para hacer un poco de deporte. Cogí una toalla y mi bolsa y me dispuse a salir. De repente sonó el teléfono, pero ya estaba harto de atender llamadas, así que me dí la vuelta abrí la puerta y salí de casa.

Tapetes de Yoga

 

Bajé al gimnasio y la recepcionista pasó mi tarjeta de socio por el escáner. Me dirigí al vestuario, me quité el chándal y empecé con la primera máquina. Tras quince minutos de pesas empecé a notar un pequeño tirón en el bíceps derecho, era el momento de cambiar. Las chicas entraban a la sala principal, todas armadas con sus tapetes para yoga y vestidas para la ocasión. Me habría encantado ser el monitor de la clase esa tarde, y no quitarle el ojo a la pelirroja que me acababa de sonreír…